dumiparu

un poco de dumiparu

2008/6/22

dumiparu

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@ 11:28 AM (1 month, 29 days ago)

Aprendiz de todo, maestro de nada.

Por tanto el sombrero rojo permite conocer el sentir de la gente (emociones u opiniones) sin necesidad de que lo expliquen: Legitima las emociones y los sentimientos como una parte necesaria del pensamiento. No se le puede criticar a la persona por expresar su sentir. Un aspecto general: cuando nos ponemos un sombrero asumimos un rol, una actitud, y luego cuando nos lo quitamos, desaparece este rol o actitud. Para el caso del sombrero rojo significa que no nos vamos ha dejar envolver inconscientemente por las emociones, pues así como nos ponemos el sombrero rojo de la emoción, también nos lo podemos quitar concluyendo voluntariamente en ese momento la actitud hacia la emoción. Por tanto, en vez de propiciar, es un importante limitador de las emociones: permite que entremos y salgamos de las emociones dominándolas. La espiritualización de la sensualidad se llama amor; éste es un gran triunfo sobre el cristianismo. Otro triunfo es nuestra espiritualización de la enemistad, la cual consiste en que se comprende el valor de tener enemigos; en una palabra, en que se procede y concluye al revés de como se procedió y concluyó antes. La Iglesia se ha propuesto en todos los tiempos la aniquilación de sus enemigos; nosotros, los inmoralistas y anticristianos, consideramos ventajoso que subsista la Iglesia... También en el orden político se ha espiritualizado la enemistad; es ella ahora mucho más cuerda, reflexiva, considerada. Casi todas las facciones suponen que el debilitamiento del respectivo bando adversario sería contrario a sus propios intereses. Ocurre lo mismo con la gran política. Sobre todo, una nueva creación, por ejemplo, el nuevo Reich, tiene más necesidad de enemigos que de amigos; sólo en el contraste se siente necesaria, llega a ser necesaria... Adoptamos idéntica actitud ante el “enemigo interno”; también en este terreno hemos espiritualizado la enemistad, comprendido su valor. Sólo se es fecundo si se logra ser pródigo en contrastes; sólo se conserva la juventud si el alma no se relaja y pide la paz... Nada nos resulta tan distante como esa aspiración de antaño, la “paz del alma”, la aspiración cristiana. Nada nos es tan indiferente como la moral apacible y rumiante y la felicidad vacuna de la conciencia tranquila. Renunciando a la guerra, se renuncia a la vida grande... En muchos casos, por cierto, la “paz del alma” es simplemente un malentendido; otra cosa que no sabe designarse con un nombre más sincero. Veamos sin ambajes ni prejuicios algunos casos. La “paz del alma” puede ser, por ejemplo, la suave irradiación de una animalidad prodigiosa en la esfera moral (o religiosa). O el comienzo del cansancio, la primera sombra que proyecta el atardecer, de cualquier índole que sea. O un indicio de que el aire está saturado de humedad y vienen vientos del Sur. O la gratitud inconsciente por una digestión feliz (llamada a veces “amor a los hombres”). O el aquietamiento del convaleciente para el cual todas las cosas tienen un sabor nuevo y que espera... O el estado consecutivo a una satisfacción intensa de la pasión dominante, el bienestar que fluye de una saciedad extraña. O la decrepitud de nuestra voluntad, de nuestras apetencias, de nuestros vicios. O la pereza, persuadida por la vanidad a vestirse con las galas morales. O el advenimiento de una certidumbre, aun de una pavorosa, tras larga tensión y tortura provocadas por la incertidumbre. O la expresión de madurez y maestría en plena actividad, obra, creación, volición; la respiración serena; el “libre albedrío” alcanzado... ¿Sería también el ocaso de los ídolos una modalidad tan sólo de la “paz del alma”?... Nada es bello, sólo el hombre es bello: en esta ingenuidad descansa toda estética; ella es la verdad primordial de la estética. Agreguemos a renglón seguido otra segunda: nada hay tan feo como el hombre degenerado; queda así delimitado el reino del juicio' estético. Desde el punto de vista fisiológico, todo lo feo debilita y apesadumbra al hombre. Le sugiere quebranto, peligro e impotencia; le ocasiona efectivamente una pérdida de fuerza. Cabe medir el efecto de lo feo con el dinamómetro. Cuando quiera que el hombre experimente un abatimiento, sospecha la proximidad de algo “feo”. Su sentimiento de poder, su voluntad de poder, su valentía, su orgullo, se merman por obra de lo feo y aumenta por obra de lo bello... En uno y otro caso sacamos una conclusión: las premisas correspondientes están acumuladas en inmensa cantidad en el instinto. Lo feo es entendido como señal y síntoma de la degeneración; todo lo que siquiera remotamente sugiere degeneración determina en nosotros el juicio “feo”. Todo indicio de agotamiento, de pesadez, de vejez y cansancio; toda clase de coerción, bajo forma de espasmo o paralización; en particular, olor, color-y forma de la desintegración, de la podredumbre, aunque sea en su dilución última en símbolo; todo esto provoca idéntica reacción, el juicio de valor “feo”. Manifiéstase aquí un odio, ¿y qué es lo que odia el hombre? No cabe duda que la decadencia de su tipo. Odia en este caso llevado por el instinto más profundo de la especie. En este odio hay estremecimiento de horror, cautela, profundidad y visión; es el odio más profundo que puede darse. Por él es el arte profundo... Schopenhauer. Schopenhauer, el último alemán que cuenta (por ser un acontecimiento europeo, como Goethe, como Hegel, como Heinrich Heine, y no tan sólo un acontecimiento local, “nacional”), es para el sicólogo un caso de primer orden, en cuanto tentativa maligna, pero genial de movilizar, con miras a una desvalorización total nihilista de la vida, precisamente las contrainstancias, las grandes autoafirmaciones de la “voluntad de vida”, las formas exuberantes de ella. En efecto, interpretó, uno por uno, el arte, el heroísmo, el genio, la belleza, el gran sentimiento de simpatía, el conocimiento, la voluntad de verdad y la tragedia como consecuencias de la “negación” o la necesidad de negación, de la “voluntad”: la más grande sofisticación sicológica que conoce la historia, abstracción hecha del cristianismo. Bien mirado, con esto Schopenhauer no es sino el heredero de la interpretación cristiana; sólo que supo aprobar hasta lo que el cristianismo repudia, los grandes hechos culturales de la humanidad, en un sentido cristiano, esto es, nihilista (o sea, como caminos de “redención”, como formas preliminares de la “redención”, como estimulantes del anhelo de “redención” ... ). Consideraré un caso particular. Habla Schopenhauer de la belleza con un ardor melancólico. ¿Por qué, en definitiva? Porque la tiene por un puente sobre el cual se va más lejos o se experimenta el anhelo de ir más allá... Se le aparece como algo que por un momento redime de la “voluntad”; como algo que incita a redimirse de una vez por todas... La ensalza en particular como lo que redime del “foco de la voluntad”, de la sexualidad; considera que ella implica la negación del instinto sexual... ¡Qué santo más raro! Alguien le contradice; temo que sea la Naturaleza. ¿Por qué hay belleza en sonido, color, fragancia y movimiento rítmico en la Naturaleza? ¿Qué es lo que fuerza la manifestación de lo bello? Afortunadamente, le contradice también un filósofo. Nada menos que el divino Platón (y así le llama el propio Schopenhauer) sostiene una tesis diferente: que toda la belleza excita el instinto sexual; que en esto reside precisamente su efecto específico, desde la máxima sensualidad hasta la máxima espiritualidad... El criminal y lo que es afín. El criminal es el tipo del hombre fuerte bajo condiciones desfavorables, un hombre fuerte enfermo. Le falta la “selva”, cierta naturaleza y forma de existencia más libres y peligrosas, donde esté justificado todo lo que es arma y armadura en el instinto del hombre fuerte. Sus virtudes están proscritas por la sociedad; sus impulsos más vivos no tardan en ligarse con los afectos depresivos, con el recelo, el miedo y el deshonor. Mas esto es casi la receta para la degeneración fisiológica. Quien hace subrepticiamente lo que mejor sabe hacer y que más le gustaría hacer, con sostenida tensión, cautela y astucia, se vuelve anémico, y como sus instintos siempre le valen tan sólo peligro, persecución y fatalidad, también su sentir se vuelve contra estos instintos los siente de manera fatalista. En la sociedad, nuestra sociedad mansa, mediocre y castrada, es donde el hombre natural, que viene de la montaña o de las aventuras del mar, degenera necesariamente en criminal... O casi necesariamente, pues casos hay en que tal hombre resulta ser más fuerte que la sociedad. El corso Napoleón es el más famoso de ellos. Respecto al problema que aquí se plantea, es importante el testimonio de Dostoievsky, el único sicólogo, dicho sea de paso, que tuvo algo que enseñarme, constituyendo una de las venturas más sublimes de mi vida, en mayor grado aún que el descubrimiento de Stendhal. Este hombre profundo, quien tuvo diez veces razón de despreciar a los alemanes superficiales, sintió a los presidiarios siberianos, con los que convivió durante largo tiempo, criminales sin excepción, para los cuales no había retorno -posible al seno de la sociedad, a pesar de lo que Dostoievsky supusiera: tallados poco más o menos en la madera más dura y preciosa que crece en tierra rusa. Generalicemos el caso del criminal; imaginemos a hombres a los que por cualquier razón se niega la sanción pública y que saben que no se los tiene por útiles: ese sentimiento tshandala de saberse considerado no como un igual, sino como proscrito, indigno e impuro. Todos los pensamientos y actos de estos hombres ostentan el color de lo que vive bajo tierra; en ellos todo se torna más pálido que en aquellos cuya existencia está bañada en la luz del día. Mas casi todas las formas de existencia que hoy exaltamos-el carácter científico, el artista, el genio, el espíritu libre, el actor, el mercader, el gran descubridor se desenvolvieron en un tiempo en esta especie de lobreguez sepulcral... Mientras el sacerdote era reputado el tipo más alto, todo tipo humano valioso estaba desvalorizado... Día llegará, lo prometo, en que se lo reputará el tipo más bajo, nuestro tshandala, el tipo humano más mendaz e indecente... Llamo la atención sobre el hecho de que todavía hoy, bajo el régimen de las costumbres más suaves que se ha dado jamás, por lo menos en Europa, todo aparte, todo debajo prolongado, excesivamente prolongado, toda forma de existencia insólita, opaca, aproxima a ese tipo que el criminal representa. Todos los innovadores del espíritu llevan durante un tiempo estampado en la frente el signo fatal y fatalista del tshandala; no porque se los sienta como tales, sino porque ellos mismos sienten el pavoroso abismo que los separa de todo lo tradicional y sancionado. Casi todos los genios conocen como una de sus evoluciones la “existencia catilinaria”, un sentimiento de odio, venganza y rebeldía dirigido contra todo lo que ya es, en vez 'de devenir... Catilina; la forma de preexistencia de todo César. Aquí la vista es libre. Puede ser riqueza de alma si un filósofo calla; puede ser amor si se contradice a sí mismo; cabe una cortesía mentirosa del cognoscente. No dejan de tener un sentido sutil estas palabras: el est indigne des grands coeurs de répandre le trouble, qu'ils ressentent; sólo cabe agregar que no temer ni a lo más indigno puede también ser grandeza del alma. La mujer que ama sacrifica su honor; el cognoscente que “ama” sacrifica acaso su humanidad; un dios que amó se hizo judío...

Ir de aquí para allá.

Tanto Ricardo como Barton 6 confunden siempre la proporción entre el capital variable y el constante con la proporción entre el capital circulante y el capital fijo. Más adelante, veremos cómo esto falsea su investigación sobre la cuota de ganancia. Relax Madrid Siempre con excepción de la parte del producto que su produc­tor vuelve a emplear directamente como medio de producción, en la producción capitalista rige la siguiente norma general: todos los productos aparecen en el mercado como mercancías y circulan, por tanto, para el capitalista, como la forma–mercancía de su capital, como capital–mercancías, lo mismo si estos productos, por su forma natural, por su valor de uso, deben o pueden funcionar como ele­mentos del capital productivo (del proceso de producción), y por tanto como elementos fijos o circulantes de él, que si sólo pueden actuar como medios de consumo individual, no de consumo produc­tivo. Todos los productos son lanzados al mercado como mercan­cías: todos los medios de producción y de consumo, todos los ele­mentos del consumo productivo o individual tienen, por tanto, que ser sustraídos al mercado, por compra, como mercancías. Esta pero­grullada (truism) responde, naturalmente, a la verdad. Por consi­guiente, esto es aplicable tanto a los elementos fijos como a los elementos circulantes del capital productivo; tanto a los medios de trabajo como al material de trabajo en todas sus formas. (Y aquí se olvida, además, que hay elementos del capital productivo que, existiendo por naturaleza, no son tales productos.) Las máquinas se compran en el mercado, exactamente lo mismo que el algodón. Pero de aquí no se deduce, ni mucho menos –se deduce, no de aquí, sino de la confusión en que A. Smith incurre del capital de circulación con el capital circulante, es decir, con el capital fijo –­que todo capital fijo provenga originariamente de un capital cir­culante. Además, con esto, A. Smith se contradice a sí mismo. El mismo nos dice que las máquinas forman, como mercancías, la parte n° 4 del capital circulante. El hecho de que provengan de un capital circulante sólo significa, pues, que funcionaban como capital–mer­cancías antes de funcionar como máquinas, y que materialmente provienen de sí mismas, del mismo modo que el algodón, como ele­mento circulante del capital del fabricante de hilados, proviene del algodón puesto a la venta en el mercado. Y si A. Smith, conti­nuando con su exposición, deriva el capital fijo del circulante por el mero hecho de que para fabricar máquinas sean necesarios el tra­bajo y las materias primas, le podemos objetar que para fabricar máquinas hacen falta también medios de trabajo, es decir, capital fijo, del mismo modo que hace falta también capital fijo, maquinaria, etc., para producir materias primas, puesto que el capital productivo incluye siempre medios de trabajo, aunque no obliga­toriamente material de trabajo. El propio A. Smith dice, a continuación: “La tierra, las minas y las pesquerías requieren para su explotación, capital fijo y circulante [reconoce, por tanto, que para producir materias primas hace falta, no sólo capital circulante, sino también capital fijo] y [¡nueva tergiversación!] su producto repone, con ganancias, no sólo aquellos capitales, sino todos los demás de la sociedad” (p. 257). Esto es totalmente falso. Su producto su­ministra las materias primas, las materias auxiliares, etc., para todas las demás ramas industriales. Pero su valor no reembolsa el valor de todos los demás capitales de la sociedad: reembolsa solamente su propio valor–capital (+ la plusvalía). Aquí, volvemos a encon­trarnos en A. Smith con reminiscencias de los fisiócratas. GirlsBCN Segundo. El obrero –y esto se halla relacionado con la primera distinción– lo mismo en B que en A, paga los medios de subsistencia por él comprados con el capital variable, que en sus manos se convierte en medio de circulación. No se limita por ejemplo, a sustraer al mercado trigo, sino que lo repone con un equivalente en dinero. Pero, como el dinero con que el obrero, en B, paga sus medios de subsistencia y los sustrae al mercado no es la forma–dinero de un producto de valor lanzado por él al mercado durante el año, como ocurre en el caso A, entrega al vendedor de su medios de subsistencia dinero, pero no le entrega una mercancía –medio de producción o medio de vida– que éste pueda comprar con el dinero rescatado, como ocurre por el contrario en A. Se sustraen, pues, al mercado fuerza de trabajo, medios de subsistencia para esta fuerza de trabajo, capital fijo bajo la forma de los medios de trabajo empleados en B y materiales de producción. Y para reponer todo eso se lanza al mercado un equivalente en dinero, pero no se lanza durante el año ningún producto para reponer los elementos materiales del capital productivo sustraídos al mercado. http://www.girlsbcn.com.es Por ejemplo: por lo que se refiere al capital circulante constante, es evidente que no todos lo invierten simultáneamente. Mientras que el capitalista A vende su mercancía y el capital desembolsado reviste, por tanto, para él, la forma de dinero, para el comprador B, por el contrario, su capital, existente en forma de dinero, asume ahora la forma de los medios de producción producidos precisamente por A. El mismo acto por medio del cual A restituye a su capital–mercancías producido la forma–dinero, reintegra el de B en su forma productiva, vuelve a convertirlo de la forma–dinero, en medios de producción y fuerza de trabajo; la misma suma de dinero funciona en este proceso de doble lado como un cualquier simple acto de compra M – D. Por otra parte, al mismo tiempo que A vuelve a convertir el dinero en medios de producción, compra mercancías a C y éste paga con su dinero a B, etc. El fenómeno quedaría, pues, explicado de este modo. Pero: Chicas de compañía en Barcelona Mi concepto del genio. Los grandes hombres, como las grandes épocas, son explosivos donde está acumu­lado un poder tremendo; su propósito es siempre, en el orden histórico y el fisiológico, que durante largo tiempo se haya concentrado, acumulado, ahorrado y preservado con miras a ellos; que durante largo tiem­po no haya ocurrido ninguna explosión. Cuando la tensión en la masa se ha hecho excesiva, basta el estímulo más casual para producir el “genio”, la “mag­na realización”, el gran destino. ¡Qué importa enton­ces el ambiente, la época, el “espíritu de la época”, la “opinión pública”! Veamos el caso de Napoleón. La Francia de la Revolución, y sobre todo la de antes de la Revolución, hubiera producido el tipo opuesto al de Napoleón; y lo produjo, en efecto. Y porque Napoleón fue diferente, heredero de una civilización más fuerte, más larga, más antigua que aquella que se venía abajo en Francia, llegó a ser amo, fue única­mente el amo. Los grandes hombres son necesarios, la época en que se presentan es accidental; el que casi siempre lleguen a dominarla depende sólo de que sean más fuertes, más antiguos; de que durante más tiempo se hayan concentrado y acumulado con algún propósito. Entre un genio y su época existe una rela­ción como entre lo fuerte y lo débil, también como entre lo viejo y lo joven; la época siempre es relativamente mucho más joven, floja, falta de madurez, falta de seguridad, infantil. Que prevalezca ahora en Francia una noción muy diferente sobre este asunto (también en Alemania, pero no importa); que allí la teoría del milieu, una verdadera teoría de neuróticos, haya llegado a ser sacrosanta y casi científica, acep­tada hasta por los fisiólogos, “huele mal” e invita pensamientos melancólicos. Tampoco en Inglaterra se piensa sobre el particular; pero nadie se aflija. Al in­glés le están abiertos tan sólo dos caminos: enten­dérselas con el genio y “gran hombre”, ya sea demo­cráticamente, al modo de Buckle, o religiosamente, al modo de Carlyle. Madrid Acompañantes Luego, A. Smith continúa: “El primero consiste en procurarse, manufacturar o comprar bienes para venderlos con un beneficio.” A. Smith sólo nos dice, aquí, que el capital puede emplearse en la agricultura, la manufactura y el comercio. Se limita a hablar, pues, de las diversas esferas de inversión del capital, incluyendo aquellas en que, como ocurre en el comercio, el capital no se incorpora directamente al proceso de producción, es decir, no funciona como capital productivo. Con ello, se aparta ya del criterio que servía de base a los fisiócratas para explicar las diferencias que se dan dentro del capital productivo y cómo influyen sobre la rotación. Presenta directamente el capital comercial como ejemplo para ilustrar un pro­blema en que se trata exclusivamente de explicar las diferencias exis­tentes en cuanto al capital productivo dentro del proceso de produc­ción y de valorización, diferencias que, a su vez, engendran otras en lo tocante a su rotación y reproducción. Masajes valencia La forma más simple en que puede presentarse este capital–dinero latente adicional es la del tesoro. Este tesoro puede consistir en oro o plata adicionales, obtenidos directa o indirectamente por intercambio con los países productores de metales preciosos. Es el único modo como puede aumentar en términos absolutos el tesoro en dinero dentro de un país. Pero cabe también –y es lo que ocurre en la mayoría de los casos– que este tesoro se halle formado simplemente por el dinero sustraído a la circulación anterior y que reviste la forma de tesoro en manos de algunos capitalistas. Y cabe asimismo que este capital–dinero latente consista exclusivamente en signos de valor –por el momento, prescindimos aquí del dinero fiduciario– o en meros derechos de los capitalistas contra terceros (títulos jurídicos) garantizados mediante documentos legales. En todos estos casos, cualquiera que sea la modalidad que presente este capital–dinero adicional, sólo representa, en cuanto capital en ciernes, simples títulos jurídicos adicionales y mantenidos en reserva de los capitalistas sobre la futura producción anual adicional de la sociedad. Barcelona Chicas compañía Esta identidad cuantitativa no existe si arrancamos de la fór­mula P... P, de la fórmula del proceso de producción continuo, pues mientras que determinados elementos de P tienen que ser repuestos constantemente en especie, con otros no ocurre así. En cambio, si refleja esta identidad de rotación la fórmula D... D’. Tomemos por ejemplo una máquina con un valor de 10,000 libras esterlinas y diez años de duración, de la cual revierta, por tanto, a dinero1/10 anual = 1,000 libras esterlinas. Estas 1,000 libras vuelven a convertirse, al cabo de un año, de capital–dinero en capital productivo y capital–mercancías, para retornar enseguida a la forma del capital–dinero. Revierten a su forma dinero primitiva, como el capital circulante cuando se lo enfoca bajo esta forma, siendo desde este punto de vista indiferente que el capital–dinero de 1,000 libras esterlinas, al final del año, revierta o no a la forma natural de la máquina. Por tanto, para calcular la rotación global del capital productivo desembolsado debemos fijar todos sus elementos en la forma dinero, de tal modo que sea el retorno a esta forma lo que cierre la rotación. Consideramos siempre el valor como desembol­sado en dinero, incluso en el proceso continuo de producción, en que esta forma dinero del valor es simplemente la del dinero arit­mético. De este modo, podemos obtener la media. Putas en Canarias Error de las causas imaginarias.-Hay que partir del sueno: a una determinada sensación, por ejemplo a raíz de un cañonazo lejano, y ver que se le inventa a posteriori una causa (con frecuencia toda una peque­ña novela donde el soñador es el protagonista). Entre tanto, la sensación subsiste, en una especie de reso­nancia, esperando en cierto modo a que el impulso causal le permita pasar a primer plano, más como fe­nómeno contingente que como “sentido”. El cañonazo aparece en forma causal, en una aparente inversión del tiempo. Lo posterior, la motivación, es experimentado primero, muchas veces con cien detalles que van des­filando de una manera fulminante; el cañonazo sigue... ¿Qué ha pasado? Las representaciones mentales originadas por una determinada sensación han sido enten­didas equivocadamente como causa de la misma. Lo cierto es que en el estado de vigilia procedemos igual. La mayor parte de nuestras sensaciones generales-toda clase de inhibición, presión, tensión y explosión en el juego y contrajuego de los órganos, en particular el estado del nervus sympathicus-excitan nuestro im­pulso causal: buscamos un motivo para sentirnos tal como nos sentimos, para sentirnos mal o bien. Nunca nos contentamos con comprobar simplemente el hecho de que nos sentimos tal como nos sentimos; sólo admitimos este hecho, llegamos a tener conciencia de él, si le hemos dado una especie de motivación. El recuerdo, que en tal caso entra en actividad a pesar nuestro, evoca estados anteriores de la misma índole y las interpretaciones causales a ellos ligadas; no su causalidad. Por cierto que el recuerdo evoca también la creencia de que las representaciones mentales, los fenómenos concomitantes registrados en la esfera de la conciencia, han sido las causas. Tiene lugar así la habituación a una determinada interpretación causal, que en realidad dificulta, y aun impide, la indagación de la causa. Whores Madrid El tacto sicológico de los alemanes aparece puesto en tela de juicio por una serie de casos que mi mo­destia me impide enumerar. En un determinado caso no habrá de faltarme un magno motivo para funda­mentar mi tesis: reprocho a los alemanes haberse equivocado con Kant y con la que yo llamo “filosofía de las traspuertas” ; esto ciertamente no fue un de­chado de probidad intelectual. Otra cosa que me saca de quicio es el fatal “y”: los alemanes dicen “Goethe y Schiller”; temo que hasta digan “Schiller y Goe­the”... ¿Todavía no se sabe quién fue Schiller? No es éste, por cierto, el “y” más grave; yo mismo he oído, en verdad que sólo de labios de profesores de Universidad, “Schopenhauer y Hartmann”... scort Madrid El folleto comentado por Marx no es más que la avanzada extrema de toda una literatura que en la década del veinte endereza la teoría ricardiana del valor y de la plusvalía, en interés del proletariado contra la producción capitalista, combatiendo a la burguesía con sus propias armas. Todo el comunismo de Owen, en la medida en que reviste una forma económico–polémica, se basa en Ricardo. Y junto a él encontramos toda una serie de escritores, entre los cuales Marx se limita, ya en 1847, a citar unos cuantos en contra de Proudhon (Misére de la Philosophie, p. 49): Edmonds, Thompson, Hodgskin, etc., etc., "y cuatro páginas más de etcéteras". Entre este sinnúmero de obras, citaré una, tomada al azar: An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, most conducive to Human Happiness, por William Thompson; nueva edición, Londres, 1850. La primera edición de esta obra, escrita en 1822, se publicó por vez primera en 1824. También aquí se define constantemente, y con palabras bastantes contundentes, la riqueza apropiada por las clases no productoras como deducción del producto del obrero. "La aspiración constante de lo que llamamos sociedad ha consistido en mover al obrero productivo, por el engaño o la persuasión, por la coacción o el terror, a trabajar percibiendo la parte más pequeña posible del producto de su propio trabajo" (p. 28). "¿Por qué el obrero no ha de percibir todo el producto absoluto de su trabajo?" (p. 32). "Esta compensación que los capitalistas le arrancan al obrero productivo bajo el nombre de renta del suelo, o de ganancia, se le reclama por el uso de la tierra o de otros objetos... Puesto que todas las materias físicas sobre las cuales o por medio de las cuales puede poner en práctica su capacidad de producción el obrero productivo desposeído, al que no se le deja más que su capacidad de producir, se hallan en posesión de otros cuyos intereses son antagónicos a los suyos y cuyo consentimiento es condición previa para su trabajo, ¿no depende y no tiene necesariamente que depender de la buena voluntad de estos capitalistas la parte de los frutos de su propio trabajo que se le deje como remuneración de éste (p. 125)... en proporción a la magnitud del producto retenido, ya se dé... a estos desfalcos el nombre de impuestos, el de ganancia o el de robo?" (p. 126). etcétera sado erotico barcelona Cuando la mayor o menor duración de los períodos de rotación depende del período de trabajo en sentido estricto, es decir, del período necesario para elaborar el producto y ponerlo en condiciones, de lanzarlo al mercado, obedece a las condiciones materiales de producción de las distintas inversiones de capital existentes en cada caso, que en la agricultura presentan más bien el carácter de condiciones naturales de la producción y que en la manufactura y en la mayor parte de la industria extractiva cambian al irse desarrollando socialmente el proceso de producción. escort española

Ni chicha ni limoná.

Aquí, sólo nos referimos al carácter general de los gastos de circulación que surgen de la metamorfosis puramente formal. No hay para qué entrar en todas sus formas de detalle. Pero, los simples cobros y pagos de dinero, en la medida en que son función exclusiva de los bancos, etc., o del cajero de una empresa individual, función concentrada en gran escala y realizada con carácter independiente, indican cómo ciertas formas pertenecientes a la transformación puramente formal del valor, y que, por tanto, responden a la forma social concreta del proceso de producción y que, tratándose del productor individual de mercancías son fenómenos insignificantes y apenas perceptibles, pueden discurrir aquí al lado de sus funciones productivas y entrelazarse con ellas, y cómo pueden saltar a la vista, al presentarse como gastos de circulación en masa. Lo que interesa retener es que estos gastos de circulación no cambian de carácter por el simple hecho de cambiar de forma. Masajes sensuales en Madrid Ahora bien, la humanidad capitalista se ha pasado varios siglos produciendo plusvalía y, poco a poco ha ido formándose, además, una idea acerca del nacimiento de ésta. La primera noción fue la que brotó de la práctica mercantil inmediata: la de que la plusvalía nacía de un recargo sobre el valor del producto. Esta idea predominaba entre los mercantilistas, pero ya James Steuart se dio cuenta de que, sí fuese así, lo que unos ganaban tenían necesariamente que perderlo otros. A pesar de eso, esta idea siguió apuntando todavía durante mucho tiempo, sobre todo entre los socialistas; fue A. Smith quien la desplazó de la ciencia clásica. dama de compañía “Otra parte paga los salarlos o el sustento de los obreros” (¡y del ganado de labor, añade!) empleados en su producción y la tercera parte la ganancia del colono. Estas tres partes parecen (seem; y en realidad así es: parecen) integrar “de una manera mediata o inmediata ... el precio total del grano”.6 Este precio total, es decir, la determinación de su magnitud, es independiente en absoluto de su distribución entre aquellas tres clases de personas. “Se pensará, acaso, que aún se necesita una cuarta parte para reponer el capital del colono y compensar el de mérito y depreciación del ganado de labor y de los aperos. Mas también ha de considerarse que el precio de cualquier elemento de labranza, como puede serlo un caballo de labor, se compone igualmente de tres partes, a saber: la renta de la tierra, sobre la cual se ha criado, el trabajo de atenderlo y criarlo, y los beneficios del colono, que adelanta la renta de la tierra y los salarios correspondientes a ese trabajo. Así pues, aunque el precio del grano pague el precio del animal y su mantenimiento, la suma total se descompondrá inmediata o finalmente en los tres elementos componentes de siempre: renta, trabajo” (salarios, quiere decir), “y beneficio" (libro I, cap. VI, p. 50). Escortservice Madrid Ya dijimos que con el arado de vapor la máquina ejecuta en una hora, por 3 peniques o 1/4 de chelín, tanto trabajo como 66 hombres a 15 chelines la hora. Volvamos sobre este ejemplo, para salir al paso de una idea falsa. En efecto, los 15 chelines no son, ni mucho menos, expresión del trabajo incorporado durante una hora por los 66 hombres. Sí la proporción entre la plusvalía y el trabajo necesario es del 100 por 100, estos 66 obreros producirán al cabo de una hora un valor de 30 chelines, aunque las 33 horas se representen para ellos, es decir, para los efectos del salario, en un equivalente de 15 chelines. Por tanto, suponiendo que una máquina cueste tanto corno los salarios anuales de los 150 obreros desplazados por ella, digamos 3,000 libras esterlinas, estas 3,000 libras esterlinas no son, ni mucho menos, la expresión en dinero del trabajo desplegado e incorporado por los 150 obreros al objeto sobre que este trabajo versa, sino solamente de una parte de su trabajo anual, o sea, aquella que se representa para ellos mismos en los jornales. En cambio, el valor en dinero de la máquina, las 3,000 libras esterlinas, expresa todo el trabajo invertido durante su producción, cualquiera que sea la proporción en que este trabajo cree salario para los obreros y plusvalía para el capitalista. Por tanto, si la máquina cuesta lo mismo que la fuerza de trabajo que viene a suplir, el trabajo materializado en ella será siempre mucho más pequeño que el trabajo vivo que suple.30 http://www.girlsbcn.com Por tanto, al alargar la jornada de trabajo, la producción capitalista, que es, en sustancia, producción de plusvalía, absorción de trabajo excedente, no conduce solamente al empobrecimiento de la fuerza humana de trabajo, despojada de sus condiciones normales dé desarrollo y de ejercicio físico y moral. Produce, además, la extenuación y la muerte prematuras de la misma fuerza de trabajo.73 Alarga el tiempo de producción del obrero durante cierto plazo a costa de acortar la duración de su vida. www.girlsmadrid.net Pero, antes, diremos dos palabras acerca del pauperismo oficial, o sea, la parte de la clase obrera que ha perdido su base de vida, la venta de la fuerza de trabajo, y tiene que vegetar de la caridad pública. El censo oficial de pobres de Inglaterra43 registraba en 1855: 851,369 personas, en 1856: 877,767, en 1865: 971,433. En los años de 1863 y 1864, la cifra llegó a consecuencia de la penuria algodonera, a 1.079,382 y 1.014,908 personas, respectivamente. La crisis de 1866, que castigó con especial dureza a Londres, creó en esta sede del mercado mundial, cuyo censo de habitantes excede al del reino de Escocia, un aumento de pobres del 19.5 por 100, comparado con el de 1865, y en comparación con el de 1864, del 24.4 por 100; durante los primeros meses del año 1867, el aumento fue todavía mayor, con referencia a 1866. En el análisis de la estadística de pobres, hay que hacer resaltar dos puntos. El primero es que las alzas y bajas del censo de pobres reflejan las alternativas periódicas del ciclo industrial. El segundo, que las estadísticas oficiales van tendiendo cada vez más a encubrir las proporciones reales del pauperismo a medida que, con la acumulación del capital, se desarrolla la lucha de clases y, por tanto, el sentimiento de propia estimación del obrero. Así, por ejemplo, aquella barbarie del trato que se daba a los pobres, contra la que tanto clamaba la prensa inglesa (el Times, la Pall Mall Gazette, etc.) durante los dos últimos años, ha pasado ya a la historia. F. Engels comprueba en 1844 exactamente las mismas atrocidades y el mismo escándalo pasajero, hipócrita, de “literatura sensacionalista”. Los espantosos progresos de la muerte por hambre (“deaths by starvation”) en Londres, durante los últimos diez años, acreditan de un modo irrecusable el horror de los trabajadores a la esclavitud de los asilos-talleres (workhouses),44 estos presidios de la miseria. escorts Madrid La transformación del dinero en capital ha de investigarse a base de las leyes inmanentes al cambio de mercancías, tomando, por tanto, como punto de partida el cambio de equívalentes.38 Nuestro. poseedor de dinero, que, por el momento, no es más que una larva de capitalista, tiene necesariamente que comprar las mercancías por lo que valen y que venderlas por su valor, y sin embargo, sacar al final de este proceso más valor del que invirtió. Su metamorfosis en mariposa tiene que operarse en la órbita de la circulación y fuera de ella a un tiempo mismo. Tales son las condiciones del problema. Hic Rhodus, hic salta! (35)

La jornada normal de trabajo de la industria moderna data de la ley fabril de 1833 –decretada para la industria algodonera y las industrias del lino y de la seda–. Nada caracteriza mejor el espíritu del capital que la historia de la legislación fabril inglesa desde 1833 hasta 1864. masajes girona ¿Hace falta añadir que estas viviendas son casi siempre tugurios hediondos, húmedos, sucios, totalmente inadecuados para albergar a seres humanos? Estos son los focos de los que irradian las enfermedades y la muerte, sin que éstas perdonen tampoco a las personas bien acomodadas (of good circumstances), que permiten que estos focos de peste supuren en el centro de nuestras ciudades.”63 Acompañantes de lujo Entre los años de 1849 y 1859 se produjo en los distritos agrícolas ingleses, coincidiendo con la baja de los precios del trigo, un alza de salarios, que, prácticamente considerada, no era más que nominal; en Wiltshire, por ejemplo, el salario semanal subió de 7 a 8 chelines, en Dorsetshire de 7 u 8 a 9, etc. Esto era efecto de la sangría extraordinaria sufrida por la superpoblación agrícola a consecuencia de la demanda de la guerra, la extensión en masa de las obras de construcción de ferrocarriles, fábricas, minas, etc. Cuanto más bajos son los salarios, mayor es el porcentaje que acusa toda subida, por insignificante que ella sea. Si, por ejemplo, el salario semanal es de 20 chelines y sube a 22, el alza es del 10 por 100; en cambio, si sólo es de 7 chelines y se aumenta a 9, registramos un alza del 28 4/7 por 100, que, a primera vista, parece muy considerable. Desde luego, los patronos pusieron el grito en el cielo y hasta al London Economist se le soltó la lengua hablando del "general and substancial advance"19 que representaban estos salarios de hambre. ¿Qué hicieron, en vista de esto, los patronos agrícolas? ¿Esperar a que los braceros del campo, animados por esta brillante retribución, procreasen hasta hacer bajar sus salarios, como se lo imaginan los dogmáticos cerebros de los economistas? ¡Nada de eso! Lo que hicieron fue introducir más maquinaría, y al instante quedó "disponible" un número suficiente de obreros, suficiente incluso para los propios patronos. Ahora, había "más capital" invertido en la agricultura y de un modo más productivo. Con ello, la demanda de trabajo no sólo descendía de un modo relativo, sino que descendía también en términos absolutos. Academialloret El primer Statute of Labourers (23 Eduardo III, 1349)* tuvo su pretexto inmediato (no su causa, pues este género de legislación se mantuvo en vigor siglos enteros sin necesidad de pretexto alguno) en la gran peste que diezmó la población, haciendo –como hubo de decir un escritor tory– "que fuese punto menos que imposible encontrar obreros que trabajasen a precios razonables" (es decir, a precios que dejasen a sus patronos una cantidad razonable de trabajo excedente).85 Fue, pues, necesario que la ley dictase salarios razonables y delimitase con carácter obligatorio la jornada de trabajo. Este último punto, el único que aquí nos interesa, aparece reiterado en el estatuto de 1496 (dado bajo Enrique VII). Por aquel entonces, aunque jamás llegase a ponerse en práctica esta norma, la jornada de trabajo de todos los artesanos (artificers) y braceros del campo debía durar, en la época de marzo a septiembre, desde las 5 de la mañana hasta las 7 o las 8 de la noche, pero puntualizándose del modo siguiente las horas de las comidas: una hora para el desayuno, hora y media para la comida del mediodía y medía hora para la merienda; es decir, el doble de lo que permite la ley fabril vigente en la actualidad.86 En invierno, la jornada duraba desde las 5 de la mañana hasta el anochecer, con las mismas horas para las comidas. Un estatuto dado por Isabel en 1562 para todos los obreros "contratados a jornal, por días o por semanas", no toca para nada a la duración de la jornada de trabajo, pero procura limitar el tiempo de las comidas, reduciéndolo a 2 horas y medía en verano y a 2 horas en invierno. La comida de mediodía sólo debía durar, según esta ley, una hora, y la "siesta de media hora" queda limitada a los meses de verano, desde mediados de mayo hasta mediados de agosto. Por cada hora de ausencia se le puede descontar al obrero un penique de su salario. Sin embargo, en la práctica, la situación de los obreros era mucho más favorable que en la ley. El padre de la economía política e inventor, en cierto modo, de la estadística, William Petty, dice, en una obra publicada en el último tercio del siglo XVII: "Los obreros (labouring men, que por entonces eran, en rigor, los braceros del campo) trabajan 10 horas diarias y comen 20 veces a la semana, los días de trabajo tres veces y los domingos dos; por donde se ve claramente que, si quisieran ayunar los viernes por la noche y dedicar hora y medía a la comida de mediodía, en la que actualmente invierten 2 horas, desde las 11 hasta la 1, es decir, sí trabajasen 1/10 más y comiesen 1/20 menos, podría reunirse la décima parte del impuesto a que más arriba nos referíamos.87 ¿No tenía razón el Dr. Andrew Ure cuando clamaba contra la ley de las 12 horas, dictada en 1833, diciendo que era un retroceso a los tiempos del oscurantismo? Cierto es que las normas contenidas en los estatutos y mencionadas por Petty rigen también para los apprentices, Pero el que desee saber qué cariz presentaba el trabajo infantil a fines del siglo XVII, no tiene más que leer la siguiente queja: "Aquí, en Inglaterra, los niños no hacen absolutamente nada hasta que entran de aprendices y siendo ya aprendices necesitan, naturalmente, mucho tiempo –7 años – para perfeccionarse como artesanos". En cambio, se ensalza el ejemplo de Alemania, donde los niños se educan desde la cuna "en el trabajo, aunque sólo sea en una ínfima proporción".88 impresión offset El ciclo M – D – M se recorre en su totalidad tan pronto como la venta de una mercancía arroja dinero y éste es absorbido por la compra de otra mercancía. Si, a pesar de ello, el dinero afluye a su punto de partida, es porque todo ese proceso se renueva o repite. Si vendo un quarter de trigo por 3 libras esterlinas y con estas 3 libras esterlinas compro un traje, habré invertido definitivamente, en lo que a mí toca, esta cantidad. Esas 3 libras esterlinas ya no tienen nada que ver conmigo. Han pasado a manos del sastre. Si vendo un segundo quarter de trigo, volverá a refluir a mis manos dinero, pero no ya en virtud de la primera transacción, sino por obra de otra distinta. Y este dinero se alejará nuevamente de mi tan pronto como cierre la segunda transacción y vuelva a comprar. Por tanto, en la circulación M – D – M, la inversión del dinero no tiene absolutamente nada que ver con su reflujo. En cambio, en el ciclo D – M – D el reflujo del dinero está directamente condicionado por el carácter de su inversión. De no producirse este reflujo, la operación, fracasa o el proceso se interrumpe y queda truncado, por falta de su segunda fase, o sea de la venta que completa y corona la compra. acompañantes en madrid c) La moderna manufactura guia ocio girona Al capitalista que la produce le tiene sin cuidado, de suyo, el valor absoluto que la mercancía tenga. A él sólo le interesa la plusvalía que encierra y que puede realizar en el mercado. La realización de la plusvalía incluye ya por si misma la reposición del valor que se desembolsó. El hecho de que la plusvalía relativa aumente en razón directa al desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, mientras que el valor de las mercancías disminuye en razón inversa a este desarrollo, siendo, por tanto, el mismo proceso que abarata las mercancías el que hace aumentar la plusvalía contenida en ellas, nos aclara el misterio de que el capitalista, a quien sólo interesa la producción de valor de cambio, tienda constantemente a reducir el valor de cambio de sus mercancías, contradicción con la que uno de los fundadores de la Economía política, Quesnay, torturaba a sus adversarios, sin lograr obtener de ellos una contestación: "Reconocéis –dice Quesnay– que cuanto más se ahorra en los gastos o en los trabajos gravosos para la fabricación de productos industriales, sin detrimento de la producción, más ventajoso resulta este ahorro puesto que reduce el precio de los artículos fabricados. Y, a pesar de ello, seguís creyendo que la producción de la riqueza, que tiene su fuente en los trabajos de los industriales, consiste en aumentar el valor de cambio de sus productos."7 buzon internet 35 Durante la crisis algodonera que acompañó a la guerra norteamericana de Secesión, el gobierno inglés envió a Lancashire, etc., al Dr. Edward Smith. para que informase acerca de las condiciones sanitarias de los obreros de dicha industria. En este informe, se dice, entre otras cosa: desde el punto de vista higiénico, la crisis, aún prescindiendo de todo lo que supone desterrar a los obreros de la atmósfera de la fábrica, tiene muchas otras ventajas. Las mujeres obreras disponen ahora del tiempo necesario para dar el pecho a sus niños, en vez de envenenarlos con Godfrey's Cordial (una especie de narcótico). Disponen de tiempo para aprender a cocinar. Desgraciadamente, el tiempo para dedicarse a las faenas de la cocina coincidía con unos momentos en que tenían que comer. Pero, basta con lo dicho para observar cómo el capital usurpa en su propio provecho hasta el trabajo familiar indispensable para el consumo. La crisis a que nos referimos se aprovechó también para enseñar a las hijas de los obreros a coser en las escuelas. ¡Fue necesario que estallase en Norteamérica una revolución y se desencadenase una crisis mundial, para que aprendiesen a coser unas muchachas obreras, cuyo oficio consistía en hilar para el mundo entero!